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martes 19 de mayo de 2009

Debo emprender un viaje...

Debo emprender un viaje, y me he preparado concienzudamente.
En el bolsillo he metido mis necesidades, y en trece maletas de distintas formas y colores, mis vicios: el acordeón que robé a un moribundo, y que me acompaña allá donde caigo borracho; "un par" de botellas de bourbon, pues es sabido que las aguas extranjeras me hacen el mismo daño que las paisanas; mi caja de cigarros liados en los muslos de nodrizas benditas, que maldicen sin cesar de mascar arroz, y una pipa, para las reuniones sociales. Además, un par de trajes viejos roídos y siempre embarrados, de diario, y uno por estrenar, para la tumba; y el puñal con el que maté a mi padre, lo único que heredará mi hijo, y las cartas de amor que he escrito (siempre me guardo una copia de cada para leerlas con los amigos); cosas de absoluta utilidad.
También llevo una foto tuya, más real que tu impostura.
Mi tren pronto sale, pero aún no sé cuál es. Sin embargo, ansío descubrir quién compartirá mi camarote; no soy de esos estirados que van en litera privada. Puede que Sherlock Holmes me apunte con su napia aguileña todo el trayecto, desvelando con disimulo de qué huyo y qué anhelo. O quizá me encuentre allí con Jacopo Belbo, quien sin duda estará encantado de reflejar las cualidades de las paradas por las que pasemos: donde él baje, yo me apeo. Cuando ponga pie en la estación, se lo llevarán a rastras hacia su Destino, pero no me importa, era bien sabido. A mí por contra, vendrá a recogerme Don Juan Tenorio, y quiera la Providencia que sea invierno, y anochezca pronto, para reñir en las tascas y visitar los concebideros de la ciudad, pueblo, o Infierno en el que nos encontremos. A éste también han de cogerlo preso. En soledad, caminaré por las calles como perro recién apaleado, y me sorprenderá el Lucero del Alba en la puerta de la mansión de Demian, y su madre se alegrará mucho de verme, bien lo creo. Tomaremos un buen desayuno y encenderemos la chimenea, y no diremos una palabra en varias semanas. Después me iré, para hacer lo que me venga en gana. Prometo hasta escarbar la tierra buscando al buen Raskólnikov, sólo para decirle que Pablo sigue tocando su son, mejor de lo que él y yo jugamos al ajedrez. A lo mejor en éstas me cruzo en el camino de Fausto, pero a diferencia de mí y a mi pesar, él es un solitario. Por mi parte, no puedo faltar a la cita con las tumbas de Ligeia y amado, aún cuando no quieran recibir invitados, y es que además me acompañará, como a todas horas, una horda de negras sombras.
No queda ahí mi trayecto.
Como siempre que salgo de casa, por fin llegaré a un desierto.
En él me espera un aviador con vehículo averiado, que se sorprenderá de verme tan despreocupado. Esperaré con él hasta que baje una estrella del cielo, y le dejaré el bourbon que me quede, con más mala idea que buena fe. Luego me iré.
Y te veré a ti.
Tendrás un aspecto lastimoso, y no te haré mucho caso. Pero te aconsejaré que vuelvas sobre tus pasos. Cuando te alejes, te odiaré de veras, y aún más al desierto por no tener piedras, sino solo arena. Siempre te me apareces al final de mis viajes, y me los fastidias. O más bien, cuando tú apareces, mi viaje se acaba, lo cual me desquicia.
Qué ocurrirá después, mientras miro en tu cada vez más lejana dirección, yo solo, en el desierto? Me gustaría pensar que Graógramán me da un último paseo a su lomo a través de incontables noches y días, para regresar al final a casa.
Es el Final regresar a casa? Preferiría que fuese el final algún momento del viaje.
Mientras tanto, colgaré mi traje por estrenar muy cerca, junto al televisor, y aguardaré el momento en que todos estén despistados para meterlo en la maleta y salir de nuevo a perseguir Tiempo y Espacio, y me subiré a la primera nave que vaya a explotar en llamas más allá de Orión.

martes 16 de diciembre de 2008

Iván el geocida

Iván devora planetas untados en mantequilla.

Se ríe de las viejas estrellas coloradas y echa carreras a los cometas por unas perrillas.

Iván sólo distingue a un satélite de un asteroide por la ganancia que obtiene de su explotación.

No hay nebulosa a la que no haya insultado, y los agujeros negros no lo tragan ni por compasión.

Mira la hora en los púlsar del universo y cree que un quásar en la lejanía es una fiesta a la que llegará tarde.

El loco de Iván corteja galaxias, y bebe rayos gamma hasta confundir el paralaje.

Las estrellas binarias le provocan un hambre especial.

Para Iván no hay constelación que no parezca una postura sexual.

Todos huyen de él cada vez más deprisa.

Pronto lo conocerás; es Iván el geocida.

Luna

En un millón de noches
con las estrellas
bajo las nubes
entre la lluvia
junto a los relámpagos
te he observado.

Con un millón de lunas
como testigos
con el cielo y el infierno
de espectadores
¿no me has oído?
pues te he llamado.

Ahora, acércate
corre hacia el bosque
la cabeza volando
los pies descalzos.
Aullemos juntos!

Conversaciones con una araña

Por qué estás del lado del Mal?

Es inevitable. El Mal es eterno, el bien perece.

Una gota de veneno basta para emponzoñar una copa de vino.
Una sola manzana podrida corromperá todo el cesto.
Pero eso puede servir para alimentar nueva vida, que sustituya a la ya vencida y continúe el ciclo del dolor.

Me has atrapado en tu tela, y tienes mi admiración. Ahora libérame.

Cuanto más ignorante es uno, más libertad siente. Cuanto más conoce, más prisionero se percibe.
La libertad es la certeza de ser esclavo.

Pues mátame de una vez.

Muerto no eres provechoso para mi.

Luz

Sumaron uno las vidas en pena y los muertos
y se marchitaron las esperanzas, sepultadas en laberintos.
El sol lloró ascuas de soledad
y los libros cantaron al dolor y la miseria.

Los reyes se sirvieron viales de sangre
derramada por sus padres en tiempos menos tristes
y los plebeyos se escondían
en grutas sin aire ni luz.

Las mujeres vieron sus vientres malditos
y sus hijos portaban una mueca horrenda.
Los hombres soñaban muerte antes de viejos,
embebidos en un cruel veneno.

Infinidad de moscas poblaban el cielo
y lamían las llagas del enfermo;
las plantas, hechas de sal,
sólo servían para hacer crecer la herrumbre.

La obra del trabajo y el arte
se usó para dar cabida a cadáveres
que fueron lastimados por almas menos vivas
que los corazones que arrancaron para dar de comer a sus niños.

Cuando los dioses vieron ésto
ya no había piedad en sus actos
y llevaron a la guerra a los más fuertes
en un último espectáculo de sufrimiento y horror.

Así fue el fin de todo lo conocido.
Se apagó el calor del fuego, no su hambre voraz.
Ya no había estrellas que contemplasen serenas
que el hombre había muerto en el infierno que creó.

El color de la derrota

Escondidos en las faldas de la noche
con los dientes rechinando en los puñales
nuestra ansia de matar es un derroche
pues los odios ancestrales son letales.

Deseando que se rompa ya el sigilo
y que sea reemplazado por las llamas
inclinados sobre las primeras almas
comenzamos a cortarles ya los hilos.

La alarma se dispara a voz en grito,
silencioso, pues los muertos,
moran junto a los dormidos
y los sacan asustados de sus sueños.

Apostamos nuestras vidas
contra cuatro, contra ocho malnacidos
y aullando para ésto hemos venido
reflejamos el terror en sus pupilas.

Y cubiertos por pétalos de rosas
coronamos con nuestros cuerpos las fosas
profundas, gloriosas, que hemos excavado;
nuestro sangriento diezmo ha terminado.

De espejos y laberintos

En la Montaña del Horror mora un hombre tan sabio que no tiene ninguna certeza. El es el único que sabe cómo salir del Laberinto.

Pero ha jurado no revelar jamás el secreto. En lugar de eso, a los muchos aventureros que buscan la salida les ofrece palabras de ánimo y una pregunta. Mostrándoles un viejo espejo roto, les pide que miren en su interior y encuentren por sí mismos la salida del Laberinto. El espejo muestra felices a los que sufren, y a los alegres los refleja desdichados. A todos ellos les pregunta:

- Prefieres sufrir, o ser dichoso?