En el bolsillo he metido mis necesidades, y en trece maletas de distintas formas y colores, mis vicios: el acordeón que robé a un moribundo, y que me acompaña allá donde caigo borracho; "un par" de botellas de bourbon, pues es sabido que las aguas extranjeras me hacen el mismo daño que las paisanas; mi caja de cigarros liados en los muslos de nodrizas benditas, que maldicen sin cesar de mascar arroz, y una pipa, para las reuniones sociales. Además, un par de trajes viejos roídos y siempre embarrados, de diario, y uno por estrenar, para la tumba; y el puñal con el que maté a mi padre, lo único que heredará mi hijo, y las cartas de amor que he escrito (siempre me guardo una copia de cada para leerlas con los amigos); cosas de absoluta utilidad.
También llevo una foto tuya, más real que tu impostura.
Mi tren pronto sale, pero aún no sé cuál es. Sin embargo, ansío descubrir quién compartirá mi camarote; no soy de esos estirados que van en litera privada. Puede que Sherlock Holmes me apunte con su napia aguileña todo el trayecto, desvelando con disimulo de qué huyo y qué anhelo. O quizá me encuentre allí con Jacopo Belbo, quien sin duda estará encantado de reflejar las cualidades de las paradas por las que pasemos: donde él baje, yo me apeo. Cuando ponga pie en la estación, se lo llevarán a rastras hacia su Destino, pero no me importa, era bien sabido. A mí por contra, vendrá a recogerme Don Juan Tenorio, y quiera la Providencia que sea invierno, y anochezca pronto, para reñir en las tascas y visitar los concebideros de la ciudad, pueblo, o Infierno en el que nos encontremos. A éste también han de cogerlo preso. En soledad, caminaré por las calles como perro recién apaleado, y me sorprenderá el Lucero del Alba en la puerta de la mansión de Demian, y su madre se alegrará mucho de verme, bien lo creo. Tomaremos un buen desayuno y encenderemos la chimenea, y no diremos una palabra en varias semanas. Después me iré, para hacer lo que me venga en gana. Prometo hasta escarbar la tierra buscando al buen Raskólnikov, sólo para decirle que Pablo sigue tocando su son, mejor de lo que él y yo jugamos al ajedrez. A lo mejor en éstas me cruzo en el camino de Fausto, pero a diferencia de mí y a mi pesar, él es un solitario. Por mi parte, no puedo faltar a la cita con las tumbas de Ligeia y amado, aún cuando no quieran recibir invitados, y es que además me acompañará, como a todas horas, una horda de negras sombras.
No queda ahí mi trayecto.
Como siempre que salgo de casa, por fin llegaré a un desierto.
En él me espera un aviador con vehículo averiado, que se sorprenderá de verme tan despreocupado. Esperaré con él hasta que baje una estrella del cielo, y le dejaré el bourbon que me quede, con más mala idea que buena fe. Luego me iré.
Y te veré a ti.
Tendrás un aspecto lastimoso, y no te haré mucho caso. Pero te aconsejaré que vuelvas sobre tus pasos. Cuando te alejes, te odiaré de veras, y aún más al desierto por no tener piedras, sino solo arena. Siempre te me apareces al final de mis viajes, y me los fastidias. O más bien, cuando tú apareces, mi viaje se acaba, lo cual me desquicia.
Qué ocurrirá después, mientras miro en tu cada vez más lejana dirección, yo solo, en el desierto? Me gustaría pensar que Graógramán me da un último paseo a su lomo a través de incontables noches y días, para regresar al final a casa.
Es el Final regresar a casa? Preferiría que fuese el final algún momento del viaje.
Mientras tanto, colgaré mi traje por estrenar muy cerca, junto al televisor, y aguardaré el momento en que todos estén despistados para meterlo en la maleta y salir de nuevo a perseguir Tiempo y Espacio, y me subiré a la primera nave que vaya a explotar en llamas más allá de Orión.